La abogacía sevillana ha vivido un momento histórico. El pasado 25 de septiembre, Juan Silva y Paola Pérez protagonizaron un acto sin precedentes en los 300 años de historia del Colegio de Abogados de Sevilla, lo que supone que por primera vez, un abogado gitano apadrinó a una joven letrada gitana.
Juan Silva, de 52 años, puso en marcha en 1992 su despacho y, hace 20 años, impulsó un bufete que se convirtió en un referente para quienes querían estudiar Derecho y ejercer la abogacía sin renunciar a su identidad gitana. Por sus oficinas, como explica en la noticia de El Mundo, han pasado jóvenes profesionales que encontraron en él apoyo, orientación y un ejemplo a seguir. Ahora, Paola Pérez, de 25 años, representa a una nueva generación de gitanas y gitanos que se abren camino en profesiones tradicionalmente poco accesibles para su comunidad. Licenciada en Derecho por la Universidad de Huelva, Paola trabaja junto a Juan en Sevilla y aspira a convertirse en un referente para otros jóvenes.
Contra el racismo y los prejuicios
Ambos recuerdan en la entrevista de la cabecera española experiencias de discriminación durante sus años universitarios. Paola tuvo que responder a una profesora que utilizó el término «anormales» al referirse a las personas gitanas. Juan también sufrió comentarios prejuiciosos mientras estudiaba la carrera. Sus experiencias reflejan una realidad que, según denuncian, todavía no ha desaparecido: el sesgo racial en determinados ámbitos judiciales. Paola investigó esta cuestión en su trabajo de fin de grado y sostiene que, en ocasiones, las personas gitanas reciben un trato diferente por su origen.
Por eso, considera fundamental que la sociedad deje de juzgar a toda una comunidad por las acciones de individuos concretos. La formación, la igualdad de oportunidades y la presencia gitana en todos los espacios profesionales son claves para avanzar.
«La ley gitana no existe»
Uno de los mensajes más contundentes de Juan Silva y Paola Pérez es su rechazo al estereotipo de la llamada «ley gitana», asociada habitualmente desde fuera a la venganza o a la justicia por cuenta propia. A la idea extendida de que la comunidad gitana aplica la justicia por el ‘ojo por ojo’. Juan lo expresa con claridad: «La ley gitana no existe«. Ambos distinguen entre las tradiciones culturales, como el respeto a las personas mayores, y las ideas preconcebidas que se han construido sobre el pueblo gitano. Defienden que las personas gitanas quieren ejercer sus derechos y cumplir sus obligaciones dentro del mismo ordenamiento jurídico que el resto de la ciudadanía. La igualdad ante la ley debe ser un principio común, sin prejuicios ni discriminación.
Orgullo de ser gitanos y gitanas
Ni Juan ni Paola han tenido que renunciar a su identidad para construir su carrera profesional. Al contrario, ambos reivindican sus raíces y defienden que es posible mantener las tradiciones familiares y culturales mientras se participa plenamente en la sociedad.
De esta forma, si trayectoria de Juan abrió camino cuando apenas había estudiantes gitanos en las facultades de Derecho, la de Paola continúa ese recorrido y puede servir de inspiración a quienes sueñan con convertirse en abogados, médicos, docentes o profesionales de cualquier otro ámbito. Su historia recuerda que el talento y la capacidad no dependen del origen, y que contar con referentes visibles puede ayudar a que las nuevas generaciones encuentren más oportunidades. El mensaje es esperanzador: el pueblo gitano sigue avanzando, con su identidad y su cultura como parte de su fuerza. La igualdad real llegará cuando las personas gitanas dejen de ser una excepción y puedan desarrollar sus proyectos de vida sin tener que demostrar constantemente que merecen las mismas oportunidades.

