Ayer por la tarde, el Centro Cívico Montserrat Roig se convirtió en un espacio de inspiración, memoria y futuro. Cinco mujeres gitanas acudieron a una charla organizada por el Instituto Romanò para Asuntos Sociales y Culturales (IRASC) y que forma parte de la hoja de actividades del programa P.I.D.E, cuyo objetivo era claro: acercar referentes reales, cercanos y posibles. Mujeres que han emprendido, que han vencido el estigma y el rechazo, y que hoy viven de su vocación con autonomía y orgullo.
Las protagonistas fueron Ana Giménez, creadora de la marca personal Gipsytrainer, y Fanny Córdoba, fundadora del salón Kalí – Beauty Studio & Academy. Dos trayectorias distintas atravesadas por un mismo hilo conductor: resiliencia, identidad y determinación.




Ana Giménez: 10 años de perseverancia para definir su marca personal
Ana viene de las raíces del boxeo y del deporte. Antes de consolidar su marca personal, trabajó en distintos gimnasios, donde pronto detectó algo significativo: no tenía ninguna referente mujer gitana entrenadora personal. Sin embargo, sus clases se llenaban. “Eso me hizo pensar que era buena en lo que hacía”, recordó durante la charla. Su camino no ha sido lineal. Durante años combinó su formación (un grado superior que tenía en la recámara) con la venta en mercadillos en Galicia junto a su marido. Cuando los negocios comenzaron a ir mal, se trasladaron a Barcelona, con la idea de emprender de fondo en su interior pero aún sin formalizarse. Intentó abrir un negocio en Barberà del Vallès, pero la llegada de la pandemia frustró el proyecto. Fue un golpe duro, aunque no definitivo.
“Si hay que volver a empezar, va todo más rápido”, afirmó ante las asistentes. De aquel fracaso nació Gipsytrainer, una marca mucho más definida y con propósito claro: “Soy gitana, entrenadora profesional y especialista en los determinantes sociales de la salud en el pueblo gitano. He definido el negocio”. Ana reivindicó la importancia de poner límites y condiciones en entornos que no siempre han sido amables. “Me he sentado con las empresas a poner mis condiciones”, explicó, defendiendo su método selectivo y su necesidad de espacio propio. Entre risas, resumió su espíritu emprendedor con una frase que arrancó complicidades: “Los autónomos lo inventamos nosotros”.
En los momentos de desesperanza, evocó el legado de su padre, “un gitano avanzado a su tiempo”, que le repetía: “Somos gitanos, lo consigues. Nos han perseguido e intentado matar. Con tu sola presencia en esos espacios ya es mucho”. Esa memoria colectiva, lejos de pesar, se convirtió en impulso.


Fanny Córdoba: del silencio al liderazgo empresarial
La historia de Fanny Córdoba arranca en una infancia marcada por la precariedad. Aunque creció en una casa “de bien”, atravesaron momentos de penuria en los que había que decidir quién comía. Con apenas 16 años se echó a la espalda a su familia. “Era moza y tenía que mantener a mi familia. No podía crecer y mantener a seis personas. Me tuve que pagar yo mi boda”, relató ante las asistentes, que asentían con reconocimiento.
Mientras muchas jóvenes de su entorno ya estaban casadas, ella deseaba independencia. Quería formar una familia, sí, pero decidir por sí misma. “A día de hoy las gitanas nacemos para servir. Somos madres y cuidadoras. Yo no quería estar por debajo de nadie por obligación; quería estar ahí porque quería”.
Estudió bachillerato y acabó graduándose en ADE. Sin embargo, al trabajar en contabilidad tuvo que ocultar su identidad. “¿Cómo una gitana iba a llevar el dinero de una empresa?”, denunció. Llegó a “ponerse fea” para pasar desapercibida y evitar prejuicios. Incluso adoptó el catalán como estrategia de integración. En uno de sus trabajos, contó, había una norma tácita que la excluía por ser gitana. “Ese no podía ser mi mundo”.
Decidió entonces profesionalizar lo que hacía en casa con sus primas: las uñas. Algo que ya se le daba bien y que atraía clientas incluso antes de tener un local. Hoy dirige Kalí – Beauty Studio & Academy en Sant Cugat del Vallès, un salón consolidado fruto de años de esfuerzo. Su consejo fue directo y práctico: “Finge el éxito hasta que lo tengas. Vende tu pollo como si fuera el mejor de España. Tienes que creértelo”.
Un círculo de preguntas, miedos y sororidad
Tras las intervenciones, se abrió una ronda de preguntas. Las cinco mujeres presentes compartieron inquietudes, miedos y obstáculos: la conciliación familiar, el peso de la maternidad, la presión cultural, la sensación de que el cuerpo y la mente no siempre están preparados para emprender. Se habló de condicionantes sociales, de autoestima, de redes de apoyo. Y se produjo algo más difícil de describir: un momento de sororidad genuina, de comprensión mutua, donde las experiencias individuales se transformaron en relato colectivo.
La charla no prometía soluciones mágicas, pero sí sembró algo esencial: posibilidad. Como una semilla que quizá llevaba tiempo esperando abono y riego, y que ahora, tras las palabras de Ana y Fanny, dispone de más margen para crecer. Desde el IRASC celebramos el encuentro con orgullo y convicción de continuidad. Porque visibilizar referentes no solo inspira: abre caminos. Y ayer, en el Centro Cívico Montserrat Roig, se abrió más de uno.
