El edificio histórico de la Universitat de Barcelona ha sido hoy escenario de una jornada que ha interpelado directamente a la institución universitaria: ¿puede la universidad ser un espacio de justicia social o reproduce, también, las desigualdades que dice combatir? Organizada por Campus Rom, la sesión, celebrada entre las 10:00 y las 13:30, ha puesto el foco en la invisibilización histórica del pueblo gitano y en las barreras estructurales que dificultan su acceso y permanencia en la educación superior.
Apertura institucional: reconocimiento y compromiso
La jornada arrancó con la inauguración a cargo del rector Joan Guàrdia, acompañado por la responsable del programa del pueblo gitano en la Generalitat, Tatiana Font y Leonor Fernández, miembro de CampusRom. Las intervenciones iniciales marcaron un tono de reconocimiento institucional, pero también de responsabilidad: visibilizar no basta si no se transforman las estructuras. A continuación, el regidor del ayuntamiento de Sant Adrià del Besòs, Francisco Vargas Porras, tomó la palabra bajo el lema “El pueblo gitano, una historia silenciada”, subrayando la deuda histórica de las instituciones con una comunidad sistemáticamente marginada.
La universidad, señalada: “es racista y tiene responsabilidad”
El núcleo de la jornada lo protagonizó Francisco Macías-Aranda, profesor de la Facultad de Educación y secretario de CampusRom, con una intervención que se sintetizaba en una idea contundente: “La universidad es racista y tiene una responsabilidad”. Macías-Aranda ha defendido que asistir a la universidad siendo gitano o gitana constituye en sí mismo un acto de resistencia frente al antigitanismo. Ha agradecido a la UB la cesión del espacio (“dice mucho de la universidad que quiere ser”) y ha destacado la exposición fotográfica impulsada por Miguel Ángel Gómez, presidente de CampusRom, visible en la galería del edificio, que retrata a estudiantes gitanos universitarios como referentes.

Racismo estructural, no individual
El profesor ha insistido en la necesidad de desplazar el foco del racismo como fenómeno individual hacia su dimensión estructural. “El contexto es clave”, ha señalado, denunciando cómo estereotipos profundamente arraigados (como la asociación del pueblo gitano con la delincuencia) configuran un entorno que legitima la discriminación. Ha definido el antigitanismo como un racismo sistemático y persistente, presente en todos los ámbitos sociales desde la llegada del pueblo gitano a la península ibérica. Ejemplos cotidianos, como la vigilancia en espacios comerciales, ilustran lo que denominó “violencia simbólica”.
Las cifras de la desigualdad
La intervención aportó datos que evidencian las barreras estructurales:
- Ingreso medio en hogares gitanos: 1.411 euros porque lo que el 70% del estudiantado gitano depende de becas
- 69% tiene progenitores con estudios en primaria o inferiores
- Solo 4% procede de familias con antecedentes universitarios
- 55% no dispone de un espacio adecuado para estudiar
- 36% carece de ordenador propio
A ello se suma un perfil estudiantil no tradicional: el 58% compagina estudios con trabajo (unas 30 horas semanales), lo que condiciona el rendimiento académico. Ante esta realidad, Macías-Aranda también ha alertado sobre la falta de referentes, los comentarios racistas en el aula y la intersección con otros ejes de desigualdad como la clase social y el género. Entre los datos más significativos que reflejan las dificultades estructurales del alumnado gitano en la universidad destaca que el 41% del alumnado gitano ha sufrido discriminación en la universidad, el 83% no considera relevante incluir contenido sobre el pueblo gitano en el currículo y, a pesar de ello, el 85% de estudiantes gitanos afirma que terminará la carrera. “Ganas no faltan en los que están estudiando”, subrayó.
Propuestas: de la denuncia a la acción
Macías-Aranda planteó medidas concretas como pasos clave para que la universidad se haga responsable. En primera instancia, protocolos institucionales frente al antigitanismo (como los existentes ante la LGTBIfobia), intervención y tolerancia cero ante discursos discriminatorios en el aula, impulso a la investigación contra el racismo en las universidades como misión intrínseca de la academia, y fomentar los programas de mentoría y acompañamiento como las que ya hace CampusRom, que lucha por la inclusión de la historia gitana en el currículo y por la adaptación de formatos académicos para conciliar realidades diversas. “Si no somos parte de la solución, somos parte del problema”, ha concluido.
Voces en primera persona: más allá de los estereotipos
La segunda mesa, “Gitanos y gitanas universitarios: más allá de los estereotipos”, aportó testimonios en primera persona.
Por su parte, Aron Giménez Cortés, graduado en sociologia, pastor evangélico y técnico del programa del pueblo gitano relató cómo la fe y la educación marcaron su trayectoria, destacando que el antigitanismo “se adapta a los tiempos”. Manuel García, doctor en nanociencias, explicó su recorrido académico: de familia sin tradición universitaria a doctor en nanotecnología e investigador en el Eurecat gracias a becas. “Se puede ser gitano y científico”, afirmó, aunque reconoció la soledad que sufrió durante su etapa en el instituto por ser gitano y el peso de escuchar prejuicios sobre su propia comunidad.
Lola Mateo, funcionaria en el ayuntamiento de Sabadell y estudiante de primer año de trabajo social, compartió una historia de retorno educativo tras un matrimonio y maternidad tempranos a los 16 años. Hoy, estudiante universitaria después de aprobar su plaza de oposición e entrar en los estudios superiores después de suspender el primer examen de acceso, denunció el antigitanismo incluso dentro de la administración pública: “Te dicen que eres diferente, que no eres como ellos. Son comentarios que me he comido y me he sentido desubicada”. Por su parte, Sarai Fernández, técnica de igualdad de género en el Secretariado Gitano, habló de privilegio, por tener padres que sí se han formado, y conflicto identitario. Describió cómo en el instituto se dividió al alumnado por niveles y ella se encontraba en los grupos considerados “altos”, mientras otros estudiantes gitanos quedaban relegados a niveles inferiores. Ese contexto generaba un discurso implícito, y a veces explícito, profundamente problemático: el de la excepción. “Tú no eres como ellos”, le decían. Una frase que, lejos de ser un halago, encierra una forma de racismo que individualiza el éxito y estigmatiza al colectivo.
A esto se sumaban comentarios directos por parte del profesorado, que evidenciaban prejuicios profundamente arraigados. Fernández recordó expresiones como: “Sarai, no grites, que no estás en el mercado” o “esto no es una boda gitana”. Comentarios que, aunque puedan parecer anecdóticos, construyen un imaginario colectivo en el que lo gitano se asocia a lo incívico, lo exagerado o lo fuera de lugar.
El peso del “gitano excepcional”
Uno de los debates centrales giró en torno a la figura del “gitano excepcional”: aquel que accede al éxito académico a costa de ser percibido como ajeno a su propia comunidad. Una narrativa que, según los ponentes, refuerza el racismo en lugar de desmontarlo. También otro tema a tratar fue el tipo de antigitanismo sufrido en las diferentes etapas escolares: la distinción entre el racismo más evidente en etapas educativas tempranas y el racismo más sutil, pero igualmente dañino, de la universidad.
Mientras que en el instituto las expresiones son en general más directas, en el entorno universitario el antigitanismo adopta formas más sofisticadas, más difíciles de señalar, pero igualmente presentes. Se manifiesta en silencios, en la ausencia de contenidos, en la falta de referentes, en miradas o en expectativas bajas.
Ante este contexto, por ejemplo en el caso de Fernández, explicó que su actitud fue necesariamente reivindicativa. No como una elección ideológica inicial, sino como una respuesta a una necesidad vital: la de existir plenamente en un espacio que, de entrada, no estaba pensado para ella. Una idea que también recalcó Manuel García, la necesidad de ocupar espacios donde no se espera que este un gitano para romper estereotipos.
Si bien eso no resta importancia a las crisis identitarias expresadas durante la adolescencia. Crecer entre dos mundos (el gitano y el no gitano) implica, en muchos casos, una tensión constante: encajar en ambos sin ser plenamente aceptada en ninguno.
En la mayoría de los ponentes, esa crisis se vio agravada por los discursos que jerarquizan dentro del propio alumnado gitano, generando distancias internas. La etiqueta de “diferente” no solo los separaba del alumnado payo, sino también de otros compañeros gitanos.
Sin embargo, lejos de quedarse en esa fractura, el paso por la universidad y especialmente por los estudios de superiores les han permitido resignificar esa experiencia rompiendo las barreras impuestas por su contexto. Así, la formación académica no solo ha sido una herramienta de ascenso social, sino también un espacio de toma de conciencia crítica.
Clausura: institucionalizar el cambio
La jornada concluyó con la participación de Montserrat Puig Llobet, Sara Belbeida y nuevamente Miguel Ángel Gómez. Más que un acto académico, la jornada evidenció una disputa sobre el papel de la universidad: reproductora de desigualdades o agente de transformación, siendo este acto precisamente un ejemplo de esto ultimo por la visibilización del alumnado gitano. Las voces gitanas que hoy ocuparon el edificio histórico de la UB no solo reclamaron espacio; exigieron cambios estructurales. Porque, como se repitió a lo largo de la mañana, no se trata únicamente de acceder a la universidad, sino de transformarla para que sea más inclusiva.
