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Concluyen las 44 Jornadas de la AECGIT: el cine y la juventud gitana alzan la voz contra su historia silenciada

Las 44 Jornadas de Enseñantes con Gitanos, organizadas por AECGIT, se clausuraron este domingo en Oviedo con una jornada centrada en dos cuestiones decisivas para el presente y el futuro del pueblo gitano como son quién cuenta su historia y qué condiciones necesita su juventud para construir el futuro que quiere. La mesa «Cine y Pueblo Gitano», moderada por Cristina Reyerta, la ilustradora del documental Pendaripen con la guionista y documentalista del documental Eva Montoya Montoya y la boxeadora, entrenadora y actriz Sara Montoya Vidal, puso el foco por la mañana en los estereotipos y en la necesidad de ocupar los espacios donde se construyen los relatos. Después, las conclusiones del VIII Encuentro de Juventud Gitana situaron la educación, la vivienda, la salud mental, la participación y la igualdad como prioridades para combatir el antigitanismo, además de introducir su proyecto del ROVA.

La democracia rescata la historia silenciada gitana con producciones audiovisuales gracias a la Ley de Memoria Democrática

Hay algo profundamente democrático en que un pueblo que durante siglos ha sido contado por otros pueda, por fin, contar su propia historia. Ese es el valor de iniciativas como Pendaripen, documental disponible en RTVE Play que recupera la memoria de la persecución sufrida por el pueblo gitano, donde Eva Montoya ha sido la directora documental, o producciones de otro tipo como, Gloria Bendita, el espacio de RTVE que ofrece una mirada gitana contemporánea en formato de ‘late show’, diversa y libre de estereotipos. Dos ejemplos que simbolizan un cambio esencial como es pasar de ser objeto del relato a ser sujeto de la palabra, de la memoria y de la representación. Y quizá ahí resida una de las expresiones más hermosas de la democracia que es que también tengan espacio aquellas voces que durante siglos fueron silenciadas.

Porque contar una historia nunca es un acto neutral, y es algo que también protege el Estado de Derecho, en este caso con la aprobación de la Ley de Memoria Democrática que ha hecho posible, entre otras cosas, que las producciones gitanas anteriormente mencionadas tengan su distribución pública. Poner en duda la neutralidad fue uno de los ejes de la mesa y arrancó con la declaración de Eva Montoya de que el proceso no había sido nada fácil. Le ha supuesto enfrentarse a un proceso histórico que conocía solo parcialmente y que, al profundizar en él, resultó doloroso.

La investigación le llevó a documentar siglos de persecución y un intento de genocidio cultural, con la pérdida de la lengua como una de sus consecuencias. Pero también le permitió descubrir que muchas de las estrategias utilizadas históricamente contra el pueblo gitano no son episodios aislados sino son mecanismos que se han repetido a lo largo del tiempo.

De izquierda a derecha. Eva Montoya, Sara Montoya y Cristina Reyerta. Beatriz Jiménez Nácher

Una de las razones, señaló, es que buena parte del relato histórico se ha construido desde una mirada unilateral, que es la de un hombre blanco y occidental que ha dejado en segundo plano la historia de las mujeres y de otras minorías. Destapar esa historia no es sencillo porque, como ha explicado, durante siglos, el relato se construyó también a través de las leyes.

Buena parte del relato histórico se ha construido desde una mirada unilateral, que es la de un hombre blanco y occidental que ha dejado en segundo plano la historia de las mujeres y de otras minorías.

El racismo, recordó Montoya, no es únicamente una suma de prejuicios individuales, sino una construcción que se ha ido generando durante siglos. Pero la directora quiso alejarse deliberadamente de una narración basada exclusivamente en el sufrimiento, sino que el documental plantea otra pregunta mucho más poderosa que pasa por hablar de la resiliencia. Montoya se sorprendía a si misma preguntándose, después de realizar la exhausta labor de documentación que ha realizado para el film. «¿Cómo hemos podido sobrevivir? ¿Cómo hemos llegado al día de hoy?«, se ha preguntado. Un dolor que atraviesa la memoria de nuestro pueblo pero también refleja otras alternativas que existieron, como que «los gitanos hemos participado en todos los procesos sociales de nuestro país«, explicó Montoya.

La conversación llevó rápidamente al presente con la hipótesis de fondo, que guiaba Reyero, que es ¿qué ocurre cuando las historias gitanas siguen siendo contadas desde los mismos códigos? Eva Montoya identificó uno de los principales peligros que es el silencio que produce el estereotipo. Cuando el cine representa reiteradamente a los gitanos vinculados a la criminalidad, la violencia, el machismo o la pobreza, termina construyendo una asociación aparentemente natural entre esas realidades y la identidad gitana. Y ahí aparece otro problema, que es que cuando una historia se sale de ese marco, la industria audiovisual no siempre sabe cómo recibirla. «Las productoras buscan esas historias, y si te sales de ese estereotipo les cuesta tragarla«, señaló. Montoya alertó además contra una tendencia especialmente peligrosa: romantizar la pobreza que marca a la población gitana.

Sara Montoya: del ring a la pantalla

La historia de Sara Montoya Vidal, boxeadora, entrenadora y actriz asturiana, constituye precisamente una respuesta a esa mirada simplista. Nacida en Avilés, Montoya comenzó a practicar boxeo a los 22 años y terminó convirtiéndose en boxeadora profesional y entrenadora. Su historia llegó a la gran pantalla en Golpe a golpe, dirigida y escrita por Emilio Ruiz Barrachina, una película de carácter documental ficcionalizado en la que Sara se interpreta a sí misma. El filme fue rodado en Asturias y en entornos vinculados a la vida real de la protagonista. Su familia también forma parte del reparto. Además, recibió del ICAA el distintivo de «Especialmente recomendada para el fomento de la igualdad de género«.

Sara explicó que, cuando comenzó su relación con el audiovisual, se encontró con una imagen preconcebida de cómo debía ser una mujer gitana. «Ellos tienen en su cabeza estereotipada a la mujer gitana morena, no boxeadora», relató ante el público La película reconstruye episodios de su infancia, su paso por el colegio, sus experiencias en la calle y en el instituto y su llegada al boxeo. Incluso su sobrina interpreta a Sara cuando era niña. La propia protagonista explicó durante la jornada que volver a vivir aquellos episodios para plasmarlos en la película fue emocionalmente muy intenso.

El resultado ha tenido también recorrido internacional. En marzo de 2025, Golpe a golpe obtuvo cinco galardones en el New York City International Film Festival, entre ellos el de Mejor Actriz para Sara Montoya. Ese reconocimiento, en el contexto de estas jornadas, adquiere mucho más significado por los temas a debate y es que una mujer gitana que había tenido que romper prejuicios para entrar en un deporte tradicionalmente masculino termina convirtiendo su propia historia en una película y recibiendo reconocimiento por interpretarla.

La juventud gitana alza la voz

Tras la mesa de cine llegó la presentación de las conclusiones del VIII Encuentro de Juventud Gitana, para luego contar en que consiste el proyecto «Chave Rom. Participación de la Juventud Gitana» que lidera la AECGIT. El tono cambió, pero el fondo fue el mismo. Si durante la mañana se había hablado de quién cuenta la historia, los jóvenes pasaron a preguntarse quién decide el futuro. Las conclusiones identificaron varias áreas prioritarias: educación, empleo, vivienda, salud mental, mujeres, juventud e igualdad.

Pero una palabra apareció como el tronco común del que nacen muchas de las demás, y que atraviesa el marco de estas jornadas, que es el núcleo desde donde se ramifica toda la organización social, y es la educación. Para los jóvenes participantes, la educación es uno de los procesos fundamentales de la vida porque en la infancia comienzan a construirse la identidad, las expectativas y las herramientas con las que una persona afrontará su futuro.

«No quiero que me traten diferente»

Uno de los testimonios más contundentes de la jornada fue el de una joven graduada en el grado superior de Educación Social, que relató una experiencia de antigitanismo vivida durante su formación. Contó que, durante el estudio de su grado, una compañera vio que llevaba una pulsera con la bandera gitana y no creyó que fuera gitana. Después llegaron los comentarios, las burlas y los ataques a su físico. Hasta que decidió poner un límite, expresando la siguiente frase durante su ponencia que fue el reflejo de su actitud frente a sus compañeros: «Que hables mal de mí dice más de ti que de mí«, expresó.

No puede pedirse a un docente que transforme aquello que desconoce. Otro joven gitano relató también la importancia que tuvo para él participar en uno de los encuentros de Enseñantes con Gitanos. Allí descubrió a otros jóvenes gitanos con inquietudes similares y, sobre todo, encontró herramientas para afrontar situaciones que hasta entonces no sabía cómo gestionar. De esta forma, los espacios colectivos se convierten en lugares seguros y, por consecuencia, en herramientas de supervivencia.

Otra de las jóvenes puso el foco en el problema menos visible de las expectativas. Durante años, muchos alumnos gitanos han sido situados dentro de un itinerario educativo limitado antes incluso de demostrar qué son capaces de hacer. La joven Rocío, de 30 años, habló desde su experiencia como niña gitana de un barrio segregado y transitorio y señaló el peso de los roles sociales, especialmente sobre las mujeres.

Su reflexión sobre el efecto Pigmalión resultó especialmente significativa: cuando a una persona se le repite desde pequeña que no tiene capacidad, puede terminar creyéndoselo. Y si las expectativas del profesorado son bajas, esas expectativas pueden acabar convirtiéndose en una profecía que se cumple a sí misma. La lucha contra el antigitanismo requiere, por tanto, algo tan básico como esperar que los alumnos gitanos tengan futuro. No exigirles menos ni asumir de antemano que abandonarán. No dar por hecho que una niña gitana tendrá que elegir entre su identidad y sus estudios. Una de las conclusiones fue precisamente esa, que se puede seguir estudiando siendo gitano o gitana, mantener las costumbres y, al mismo tiempo, llegar a la universidad.

Vivienda, segregación y soleda

Los jóvenes también relacionaron educación y vivienda. La ubicación de muchas viviendas sociales en zonas segregadas condiciona las relaciones que construyen los niños desde pequeños. Uno de los participantes aportó un dato que, más que una estadística, funciona como una radiografía de esa segregación. Del grupo presente, un grupo de 18 jóvenes gitanos, ninguno había sido invitado a un cumpleaños por otros compañeros. Que ocurra de manera aislada puede parecer una experiencia personal.

Que ocurra entre 18 jóvenes obliga a mirar el problema desde otra perspectiva. Porque la segregación residencial termina produciendo también segregación social. El niño llega al colegio y puede sentirse desprotegido. Si además percibe que allí es tratado de manera diferente por ser gitano, el aula deja de ser un espacio de oportunidad para convertirse en un lugar del que quiere escapar. Uno de los jóvenes lo resumió con una petición elemental: «No quiero que me traten diferente. Quiero que me den las mismas oportunidades y quiero que nos traten por igual».

En este contexto se presentó también Ardentía, una iniciativa nacida de una necesidad que sus integrantes consideran cada vez más urgente, que pasa por la creación de una red de seguridad y apoyo. El propio nombre pretende recoger una idea, tal y como explicó uno de sus integrantes, y es ese ardor interno que aparece cuando una persona contempla una injusticia y siente que tiene que hacer algo. Ardentía trabaja junto a 16 de Mayo y ha encontrado en estos espacios de encuentro una oportunidad para construir redes entre jóvenes. Entre las prioridades identificadas aparecen de nuevo la vivienda, la salud mental, la igualdad, las mujeres, la juventud y la educación, pero también apareció una palabra que quizá explique mejor que ninguna otra el espíritu de la jornada: autoestima.

Porque el antigitanismo no solo discrimina desde fuera. También puede terminar afectando a la imagen que una persona tiene de sí misma. Durante décadas se ha repetido que los gitanos no estudian. Que no se forman. Que no participan. Que no llegan. Y ahora, tal y como expresó Aroa, una de las integrantes, una nueva generación responde desde los hechos estudia, se organiza, participa, crea proyectos, entra en las instituciones y reclama su espacio. «Primero era que no queréis estudiar», expresó Aroa. «Y ahora tenemos formación, herramientas y ganas. Pues estoy segura de que con la ardentía que viene desde dentro, preparaos mundo, que salimos».

ROVA: de las demandas a la participación

Las conclusiones de la juventud llegan además en un momento especialmente importante para AECGIT y para las organizaciones juveniles gitanas, con su participación en ROVA, un proyecto de 12 meses dotado con 25.000 euros. La iniciativa contempla la creación de un Roma Youth Steering Group, un grupo de referencia y participación juvenil en el que los propios jóvenes podrán identificar prioridades y contribuir a definir acciones. El proyecto trabajará sobre cuestiones como educación inclusiva, empleo digno, vivienda, salud e igualdad de género, además de crear una red de jóvenes facilitadores, elaborar documentos de política pública y recomendaciones y difundir los resultados para reforzar la participación juvenil y los valores europeos.

La idea es importante porque cambia el sentido tradicional de las políticas dirigidas a la juventud gitana. No se trata solo de hacer políticas para los jóvenes, sino de hacerlas con ellos. Y 16 de Mayo también ha sido aceptado en ROVA con «Living Together to Transform», un proyecto nacional dirigido a jóvenes gitanos de entre 16 y 35 años.

La iniciativa pretende reforzar la participación, el bienestar emocional y las redes comunitarias para combatir el antigitanismo mediante actividades online, un laboratorio residencial de tres días y un acompañamiento posterior.El proyecto trabajará sobre herencia gitana, derechos, participación política y bienestar, y busca que los propios jóvenes cocreen iniciativas culturales y construyan una red nacional sostenible de apoyo. Es un paso más en el camino del activismo, que va de la reivindicación a la organización.

«Estamos abriendo un camino para los que vienen detrás»

Al concluir la jornada, arropados por Mistos y por la AECGIT, Lorena Jiménez, presidenta del 16 de mayo resumió esa tarea colectiva con las siguientes declaraciones, visiblemente emocionada por los avances del trabajo realizado: «Estamos abriendo un camino para los que vengan detrás lo tengan más fácil. Que tengan referentes». No es una cuestión menor, cada referente que aparece amplía el catálogo de futuros posibles de un niño. Cada mujer gitana que llega a la universidad, cada profesor gitano que entra en un aula, cada profesional que ocupa un puesto de responsabilidad, cada creador que cuenta su propia historia y cada joven que participa en política ensancha los límites de aquello que otros creen posible para el pueblo gitano. Y por eso el mensaje final de la jornada tuvo algo de cierre y, al mismo tiempo, de comienzo: «Han hablado por nosotras y nosotros, y ahora que tenemos voz, a ver quién nos calla».

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