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Hungría rompe una era: del dominio de Orbán a un parlamento con cinco representantes gitanos

Tras 16 años de dominio casi incontestable, el sistema político construido por el nacionalista Viktor Orbán en Hungría ha llegado a su fin. La victoria del partido TISZA, liderado por el también nacionalista aunque proeuropeo Péter Magyar, no solo supone un cambio de gobierno: marca un giro histórico en la dirección política del país.

Durante más de una década, Orbán y su partido Fidesz han consolidado un modelo señalado como poco antiliberal, enfrentado a las instituciones europeas y con escaso espacio para el pluralismo. Las elecciones de 2026, sin embargo, han roto esa dinámica. Por primera vez en años, Hungría ha vivido una campaña realmente competitiva, con un rival capaz de desafiar el control político y mediático de la línea oficial.

El resultado ha sido contundente: TISZA logró una mayoría suficiente el pasado 13 de abril para gobernar con amplitud y prometer reformas profundas, desde la lucha contra la corrupción hasta un acercamiento a la Unión Europea. Orbán reconoció la derrota. Y con ella, ha cerrado una etapa que muchos jóvenes húngaros esperaban sin acabar de confiar en que esa nueva etapa nacional iba a ser posible.

Aun así, el escrutinio no está completamente cerrado. Los resultados definitivos se conocerán el 4 de mayo, una vez contabilizados todos los votos, incluidos los emitidos desde el extranjero. Unos votos, hasta 400.000, que Magyar espera que le den aún más margen de poder en la Asamblea Nacional porque podrían aumentar su número de diputados hasta los 142.

Un hito silencioso: la entrada de cinco diputados gitanos

Pero más allá del cambio de poder, hay otro dato que ha pasado a la historia. Por primera vez desde la caída del comunismo en 1989, cinco representantes de la comunidad romaní han entrado en el Parlamento húngaro. Cuatro lo han hecho de la mano de TISZA (Erika Jójártová, István Gyöngyösi, Mihály Balogh y Krisztián Kőszegi) y uno, Attila Sztojka, desde las filas de Fidesz.

Nunca antes un mismo partido había logrado llevar a cuatro diputados gitanos al Parlamento al mismo tiempo. El dato tiene un peso simbólico enorme en un país donde la comunidad romaní representa entre el 8% y el 10% de la población, pero históricamente ha estado infrarrepresentada en las instituciones.

Nuevas caras, nuevas historias

Los nuevos diputados no responden al perfil clásico del político profesional. En su mayoría, llegan desde fuera de la política: antes de dar su paso al frente en política, Jójártová ha sido una enfermera que ha trabajado años en el extranjero, Gyöngyösi es un profesional del sector financiero que creció en un entorno desfavorecido, Balogh es un emprendedor de Tiszalök (una región con bastante población rom) y trabaja como gerente de construcción en la empresa familiar y Kőszegi es profesor de historia y geografía e implicado en proyectos educativos de desarrollo comunitarios de apoyo a niños y jóvenes desfavorecidos. 

Con su experiencia en terreno y en cada uno de sus ámbitos, sus prioridades hablan de problemas concretos: sanidad, educación, empleo y oportunidades para jóvenes en regiones olvidadas. Esta renovación encaja con la estrategia del partido del que será el próximo presidente de Hungría y líder de TISZA: presentar candidatos alejados de las élites tradicionales y conectar con una sociedad cansada de la política de siempre.

Entre la esperanza y el escepticismo

El momento es histórico, pero también genera cautela. Cinco escaños en un parlamento de 199 siguen siendo pocos en relación con el peso demográfico de la comunidad gitana en el país (un 10%), por lo que para que fuera realmente representativo tendrían que haber entre 16 y 20 diputados gitanos en la cámara. Activistas y expertos que han publicado su opinión en medios estos días tras las elecciones, como las declaraciones que ha hecho la Fundación Gitana para Europa en Romea.cz, recuerdan que la representación es solo el primer paso, y que el verdadero cambio dependerá de la capacidad de estos diputados para influir en políticas públicas. Aun así, el simbolismo es innegable. En un contexto político marcado durante años por discursos duros sobre identidad, seguridad y soberanía, la presencia de voces romaníes en el Parlamento introduce un elemento nuevo en la conversación nacional.

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Author: IR Autor