En el corazón sereno del Ateneo Barcelonés, donde las palabras han tejido historia durante generaciones, la tarde de ayer, 19 de marzo, se llenó de una gravedad distinta. No era el rumor habitual de tertulias literarias e intelectuales que han sido la base fundacional de este espacio, que durante los siglos XIX y XX fue el hervidero de ideas sobre el catalanismo cultural, el regeneracionismo español o el modernismo con el paso de personalidades como Joan Maragall, Prat de la Riba o Miguel de Unamuno.
La jornada, convocada por el Departament d’Igualtat i Feminisme con motivo del Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial, que tuvo lugar el pasado 21 de marzo, no fue un acto conmemorativo al uso. Fue, más bien, un ejercicio de incomodidad consciente, lúcida, tomando en cuenta los contextos que siguen generando exclusión y generando un debate donde las certezas se resquebrajan para dejar paso a preguntas más hondas sobre el horizonte inclusivo. Desde el inicio, la intervención de la secretària d’Igualtat de Drets i No Discriminació, Gina Pol Borràs marcó el tono: era necesario hacer visible lo que tantas veces permanece oculto. Nombrar las discriminaciones no como excepciones, sino como estructuras persistentes.

Pero fue en la voz de Desirée Bela donde el acto encontró uno de sus centros de gravedad. Su reflexión sobre la ciudadanía (quién pertenece, quién queda fuera, quién es constantemente interpelado a justificarse) resonó como una pregunta abierta en la sala: ¿puede una sociedad llamarse democrática si no garantiza una pertenencia plena?
La memoria gitana como espejo incómodo
En ese tejido de voces, la presencia de Pastora Filigrana adquirió una densidad particular. No solo por su trayectoria como jurista y defensora de derechos humanos, sino por lo que su voz encarna: la persistencia histórica del antigitanismo en España.
Filigrana habló desde un lugar que no es únicamente teórico ni institucional, sino profundamente vivido. Su intervención recordó que el racismo contra el pueblo gitano no es un vestigio del pasado, sino una realidad que atraviesa el presente con múltiples formas: desde la segregación educativa hasta la sospecha cotidiana, desde la exclusión laboral hasta la estigmatización cultural.
Su discurso no buscaba la complacencia. Señaló, con precisión, que hablar de antirracismo sin nombrar el antigitanismo es perpetuar una omisión estructural. Que el relato democrático español sigue teniendo una deuda pendiente con el pueblo gitano. Y que cualquier política pública que aspire a ser transformadora debe partir de ese reconocimiento. El Ateneu (que durante el siglo XIX y XX se convirtió en un laboratorio de ideas donde se discutían cuestiones clave como la identidad catalana, el papel de la lengua o los grandes debates europeos de la época) también acogió otras memorias, otras genealogías, otras formas de resistencia que durante demasiado tiempo han sido relegadas a los márgenes.
Un diálogo desde múltiples orillas
La mesa redonda, moderada por Tenzul Zamora, comunicadora, consultora y experta en Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI), relaciones internacionales y cambio organizacional no fue una suma de intervenciones, sino un cruce de miradas. Junto a Filigrana y Bela, participaron el activista panafricanista Jeffrey Abé Pans y el comunicador y activista social de origen marroquí Mohamed El Amrani, configurando un mapa plural de experiencias y análisis.
Zamora lo sintetizó con claridad al cierre, poniendo palabras a lo que flotaba en el ambiente: “Se ha hablado de racismo desde muchas miradas: desde la experiencia cotidiana, desde el derecho y la lucha contra los discursos de odio, desde el análisis del momento social que vivimos, marcado por tensiones y cambios profundos que también impactan en la convivencia. El mensaje es claro: hace falta seguir hablando de antirracismo, hace falta ponerlo en el centro de la agenda política y hace falta hacerlo con determinación”.
Del diagnóstico a la urgencia
La clausura de la consellera de Igualdad y Feminisme, Eva Menor, devolvió la mirada al plano institucional, pero sin rebajar la intensidad del diagnóstico. “El racismo existe y es nuestra obligación colectiva plantarle cara”, afirmó, insistiendo en que no se trata de un fenómeno aislado, sino de una estructura que se infiltra (a menudo de forma silenciosa) en todos los ámbitos de la vida. Su advertencia sobre el avance de los discursos de extrema derecha añadió una capa de urgencia: el racismo no solo persiste, sino que encuentra nuevos altavoces.
